Comentari de la carta sisena, Sobre els presbiterians de Voltaire (Cartes filosòfiques)

         Erich Auerbach

 

Este cuadro de la Bolsa de Londres no está propiamente escrito con una intención realista; no se nos dice sino muy a bulto lo que ocurre en la bolsa. La intención sería más bien la de insinuar ciertas ideas, que en su forma más ruda y seca vienen a decir lo siguiente: "la vida mercantil internacional, libre, dictada por el egoísmo de cada uno, es provechosa para la sociedad humana, une a los hombres en una actividad común y pacífica; por el contrario, las religiones son absurdas, aunque no fuera más que por la gran cantidad de ellas, cada una de las cuales afirma ser la única verdadera, y también por la falta de sentido de sus dogmas y ceremonias. No obstante, en un país donde haya muchas diferentes, que se vean en la necesidad de tolerarse unas a otras, no pueden causar grandes daños, y pueden ser consideradas como locuras inofensivas. Peor es cuando se combaten y se persiguen unas a otras”. Pero ya en esta seca exposición del pensamiento existe un ardid retórico, que no puedo eliminar por estar contenido en la concepción de Voltaire: la comparación despampanante entre religión y negocios, en la cual estos criterios son considerados superiores, práctica y moralmente. Ya la yuxtaposición de ambas cosas, como si estuvieran situadas en el mismo plano y fueran dos sectores de la actividad humana enjuiciables desde un mismo punto de vista, es algo más que una desfachatez, pues constituye un planteamiento del problema o, si se quiere, un intento de ordenación en el cual la religión pierde automáticamcnte lo que constituye su valor y su esencia: nos es presentada en una situación en la que resulta ridícula desde el primer momento. Es una técnica empleada con éxito por los solistas y los propagandistas de todos los tiempos, y en la que sobresale Voltaire. Por eso no ha escogido en este pasaje suyo un establecimiento agrícola, o una oficina, o una fábrica, para mostrar las bendiciones del trabajo productivo, sino la Bolsa, donde se dan cita hombres de todas las razas y de todas las creencias.

 La invitación a penetrar en la Bolsa se realiza casi solemnemente: nos dice que la Bolsa es un lugar que merece más atención que muchas cortes de príncipes, y designa a sus visitantes como los diputados de todas las naciones, que se reúnen en beneficio de la humanidad. Luego nos hace una descripción más detallada de los visitantes, considerándolos, primero, por su actividad en la Bolsa y, después, en su otra existencia, la privada, en cuyas dos ocasiones no descuida de destacar la diversidad de sus creencias. Mientras permanecen en la Bolsa, esta diversidad carece de importancia; no daña a los negocios. En tal ocasión se presenta la oportunidad para el juego de palabras con infidèle. Pero en cuanto han abandonado la Bolsa —estas reuniones pacíficas y libres, en contraste con las alborotados reuniones de cléricos ergotistas— aparece la división de sus convicciones religiosas, y lo que hace un momento todavía era un todo, como si dijéramos, el símbolo de la cooperación laboriosa e ideal de la sociedad humana entera, se descompone en muchas partículas inconexas e incompatibles. El resto del párrafo está dedicado a la ágil descripción de varias de estas partículas. Los mercaderes que abandonan la Bolsa se dispersan; unos van a la sinagoga y otros a beber: la equiparación sin táctica nos muestra a ambas cosas como dos posibilidades parejas de matar el tiempo. Luego están caracterizados tres grupos de bolsistas creyentes: anabaptistas, judíos y cuáqueros, de todos los cuales Voltaire hace resaltar lo puramente externo, totalmente distinto en cada caso, sin relación recíproca alguna y, al mismo tiempo, algo absurdamente cómico en los tres.

 No es la índole peculiar de los judíos o de los cuáqueros, los fundamentos y la particular conformación de sus convicciones lo que nos presenta Voltaire, sino un aspecto de su ceremonial religioso, particularmente cómico, sobre todo para los no iniciados. Es también ejemplo de una acreditada técnica de propaganda, que con frecuencia es empleada más burda y malignamente que en este caso: podríamos denominarla la técnica del reflector. Consiste en iluminar potentemente una pequeña parte de un conjunto muy amplio, dejando empero en la oscuridad todo lo restante, que podría explicar y ordenar aquella parte, y que acaso serviría también de contrapeso a lo que se hace resaltar. Así, parece que se dice la verdad, ya que no puede negarse lo que se dice, y, sin embargo, todo está falseado, pues la verdad no puede ser más que enteriza y con la exacta coordinación de sus partes. El público cae una y otra vez en semenjantes trampas, sobre todo en tiempos agitados: todos conocemos ejemplos de sobra en el pasado inmediato. En tiempos ordinarios, el truco es fácil de descubrir, pero en épocas de tensión falta en el pueblo o en el público una voluntad seria para ello. Cuando a una forma de vida o a un grupo humano les ha sonado su hora o han perdido el favor y la tolerancia de que disfrutaban, cualquier injusticia que la propaganda comete con ellos se siente vagamente como tal y, sin embargo, es saludada con regocijo sádico.

 

Mimesis. Fondo de Cultura Económica.



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